flor marchita

El aborto… uno podría pensar que es algo que solo les pasa a las muchachas de preparatoria, pero la realidad es que puede suceder a cualquier edad y en circunstancias muy diferentes.

Sin embargo, a mis 23 años me pasó a mí. Tomé la decisión de abortar, de matar.

Pero ¿cómo llegué hasta ahí?

La verdad es que la relación en la que estaba no comenzó bien. En el fondo, yo sabía que nada bueno iba a salir de ella. Para empezar, nuestras creencias eran diferentes… o quizás no tanto. Yo estaba intentando no escuchar a Dios y él simplemente vivía sin pensar demasiado en Él.

Aun así, decidí no hacer caso a esa pequeña voz que me decía que algo no estaba bien. Tuvimos intimidad como si fuera algo completamente normal, como muchas veces se presenta en nuestra época. Una época en la que escuchamos frases como“Es tu cuerpo, haz lo que quieras”“Todo el mundo lo hace”“Sigue a tu corazón”, entre muchas otras.

Y así fue como llegué a una situación que nunca imaginé vivir.

Yo ya sentía que algo no estaba bien. Había pasado aproximadamente un mes desde mi última menstruación y decidí hacerme una prueba de embarazo.

Pero hubo algo que me llamó mucho la atención: mi mamá había soñado que yo tenía un bebé.

Ese mismo día me enteré de que estaba embarazada.

Primero hicimos una prueba de orina y después una prueba de sangre para confirmar el resultado. Y cuando finalmente supe que era verdad, lloré muchísimo delante de él.

Esperaba quizá que me dijera algo, que me ayudara a pensar, que pudiéramos enfrentar juntos lo que estaba pasando. Pero lo único que me dijo fue:

“Tú decides”.

Y en ese momento sentí que toda la responsabilidad había caído sobre mí, cuando en realidad aquella situación era de los dos.

La idea de no tenerlo apareció inmediatamente en mi cabeza.

No quería tenerlo. Y esa idea no dejaba de dar vueltas en mi mente.

Fue entonces cuando él comenzó a buscar la manera de conseguir los medicamentos que terminarían con aquel embarazo, con aquella vida que apenas comenzaba a crecer dentro de mí.

Y yo acepté.

 

Lo único que podía pensar era en el futuro.

Pensaba en la decepción de mis padres, en la tristeza de mi papá, en el enojo y la decepción de mi mamá si les decía que estaba embarazada sin haber terminado mis estudios. Vivía sola, en otra provincia, y todavía dependía económicamente de mis padres.

Pensaba en lo que diría la gente, en los comentarios, en la vergüenza. Pensaba que yo no quería a ese hombre como el padre de mis hijos. Pensaba en todo lo que podía salir mal.

Hoy puedo reconocer que muchos de mis pensamientos fueron egoístas. Llegué a pensar que ese bebé sería una carga para mi vida. Me imaginaba como madre soltera y veía toda la situación como algo imposible de enfrentar.

Y lo hice.

Perdí a mi hijo. Perdí a mi semilla, cuando apenas llevaba un mes creciendo en mi vientre.

La noche fue horrible.

Sentía que me moría. Me dolían las entrañas, vomitaba, sangraba y tenía mucho frío. Mi cuerpo estaba pasando por algo que nunca había experimentado.

Y, a pesar de sentirme tan mal por lo que estaba haciendo, esa noche recibí el amor y los cuidados de mi hermana, quien me abrazó durante toda la noche. También recibí los cuidados de mi mamá.

Ellas estaban ahí para mí, cuidándome y abrazándome, sin saber lo que realmente estaba haciendo.

Cuando pasó el tiempo, pensé que finalmente me sentiría bien. Pensé que quizá sentiría alivio porque el problema había terminado.

Pero fue todo lo contrario.

Me dije a mí misma que aquel secreto me lo llevaría a la tumba.

Después de esto terminé la relación con aquella persona y comencé a buscar cualquier cosa que pudiera mantenerme ocupada. Me refugié en los estudios, en proyectos, en los amigos, en la bebida e incluso en la pornografía.

Necesitaba estar distraída. Necesitaba no pensar.

Pero mientras más intentaba escapar de lo que había sucedido, más grande parecía hacerse el peso que llevaba dentro.

 

Comencé a tener pesadillas. No podía dormir bien por las noches. Tenía episodios de parálisis del sueño y experiencias que me asustaban muchísimo. Sentía que en mis sueños había espíritus o demonios que querían abusar sexualmente de mí.

Llegué incluso a recurrir a un brujo para que me hiciera una “limpieza”, pensando que quizá eso solucionaría lo que estaba pasando.

Pero no pasó nada.

Después pasé por otra relación que sentía que me hundía todavía más en la angustia que llevaba dentro.

Una de mis mayores luchas estaba relacionada con las relaciones sexuales antes del matrimonio. Yo nunca me sentía realmente a gusto con eso. No podía disfrutar de lo que, desde mi fe, entendía que Dios había creado como una bendición.

Siempre terminaba sintiendo culpa, tristeza y decepción. Y sin darme cuenta, poco a poco, comencé a depender emocionalmente de esa persona.

La angustia que llevaba dentro era horrible.

A veces lloraba y ni siquiera sabía exactamente por qué. Sentía un vacío que no sabía cómo explicar.

El peso de la culpa por haber abortado, por sentir que ya no era digna de Dios, por no haber esperado al matrimonio para tener relaciones sexuales y por haber ocultado todo aquello de mi familia y de las personas que me rodeaban se hacía cada vez más pesado.

También estaba el dolor de ver crecer a otros bebés dentro de mi familia. Cada vez que veía a un bebé, no podía evitar pensar en el mío. Las noches sin dormir y los tormentos que vivía eran agotadores.

Mirando hacia atrás, puedo decir que vivir lejos de Dios era como estar muerta en vida.

Quiero contar también que uno de mis mejores amigos había pasado por algo parecido. Cuando un día conversamos sobre el tema, terminamos llorando. Aunque él era hombre, también sentía el dolor de los abortos que había vivido junto a su novia.

Nos dimos cuenta de que los dos habíamos tenido pensamientos muy parecidos en aquel momento. Pensábamos que un bebé podía arruinarnos la vida, que sería una carga, que todo sería demasiado difícil.
Y mientras hablábamos, ambos nos preguntábamos cómo habría sido todo si hubiéramos tomado una decisión diferente.

Con el tiempo entendimos algo que en aquel momento no pudimos ver: un bebé no necesariamente habría destruido nuestras vidas. Quizá habría cambiado nuestros planes, nuestras prioridades y muchas cosas de nuestro futuro, pero hoy podemos reconocer que también habría sido una bendición haberle permitido vivir.

Y así pasaron tres años.

Tres años cargando con cosas que no sabía cómo solucionar, hasta que tuve mi encuentro con Dios.

Hasta que realmente entendí qué estaba pasando conmigo.

Durante todo ese tiempo había leído la Biblia, aunque muchas veces no comprendía lo que estaba leyendo. Conocía historias, leía versículos, pero todavía no entendía realmente qué significaba depender de Dios.

Hasta que llegó un momento en el que reconocí que ya no podía más sin Él.

Entendí que Jesús era el único que podía salvarme.

Y mi vida cambió.

De repente, aquello que había estado leyendo durante tanto tiempo comenzó a tener sentido.

Esa noche le entregué mi vida a Dios y, desde mi experiencia, sentí que el Espíritu Santo comenzó a darme entendimiento. Pero, sobre todo, esa noche me arrepentí de verdad.

Saqué a la luz todas aquellas cosas que había mantenido escondidas durante años, cosas que solamente Dios y yo conocíamos.

Y entendí algo que durante mucho tiempo no había podido comprender:

Dios no me estaba pidiendo que escondiera mi pecado. Me estaba invitando a llevarlo delante de Él.

Yo había pasado años intentando esconderme de Dios por vergüenza, cuando en realidad Él era el único lugar al que debía correr.

Sentí que Dios me limpiaba. Que podía comenzar de nuevo.

Me identifiqué mucho con la historia del pueblo de Israel. Dios los había liberado de la esclavitud, pero muchas veces ellos querían volver atrás, a aquello que conocían.

Y yo estaba haciendo algo parecido. Había sido liberada, pero todavía pensaba como una esclava de mi pasado.

No entendía por qué Jesús había muerto en la cruz por nosotros. No entendía por qué habría de hacerlo por alguien como yo. No comprendía realmente el amor de Dios.

Pero poco a poco comencé a entenderlo.

El amor de Dios es tan grande que muchas veces resulta incomprensible para nosotros. Es el amor de un Padre compasivo que no ignora nuestro pecado, pero tampoco nos abandona en él.

Y entendí que Jesucristo, el Hijo de Dios, se entregó por nosotros para que pudiéramos ser perdonados y reconciliados con Dios.

Aquella culpa y aquella suciedad que yo había cargado durante años ya no tenían que definir quién era yo.

Cristo había pagado el precio.

Como dice Jesús en Mateo 9:12:

“Los que están sanos no necesitan médico; los enfermos sí.”

Y yo estaba enferma del alma. Yo necesitaba un Salvador. Jesús vino por los pecadores, por los que reconocen que necesitan de Él.

Vino por mí.

Y su amor, que durante tanto tiempo no pude comprender, me dio vida.

Una nueva vida en Cristo. Y sí, mis pesadillas desaparecieron. Comencé a soñar de verdad.

Ya no eran aquellos sueños que me atormentaban durante la noche. Empecé a tener sueños en los que veía personas alabando a nuestro Padre Todopoderoso.

No puedo explicar completamente todo lo que viví en aquellos años, pero sí puedo decir que algo había cambiado dentro de mí.

Aquel secreto que durante tanto tiempo quise esconder finalmente tuve que contárselo a mis padres.

Fue doloroso.

Muy doloroso.

Ver su tristeza, sus lágrimas y escuchar sus palabras fue difícil. Había una parte de mí que tenía miedo de enfrentar ese momento, porque durante años había pensado que si ellos conocían la verdad nunca podrían perdonarme.

Pero Dios también comenzó a trabajar en sus corazones.

Hoy puedo decir que, gracias a Dios, el corazón de mis padres también está sanando.

Y desde entonces comencé a entender que quizá mi historia no tenía que quedarse escondida. Comencé a contarla a personas que estaban pasando por situaciones parecidas. No para decirles que yo hice todo bien.

Todo lo contrario.

La cuento porque yo también tomé decisiones equivocadas. Porque yo también pensé que sabía qué era mejor para mi vida. Porque yo también intenté llenar vacíos con personas, relaciones, distracciones y cosas que solamente me alejaban más de Dios.

Y porque también descubrí que la gracia de Dios puede encontrarnos incluso en los lugares más oscuros de nuestra historia.

Saber que, aun en medio de mi desobediencia, Dios fue tan compasivo conmigo en medio del dolor, cambió mi manera de verlo.

Sin duda, Dios perdona nuestros pecados y puede limpiarnos. Pero eso no significa que nuestras decisiones no tengan consecuencias.

El perdón de Dios no siempre elimina las consecuencias de lo que hicimos.

A veces tenemos que aprender a vivir con ellas. Pero si hoy estás lidiando con las consecuencias de una mala decisión, no te desanimes. No significa que Dios te haya abandonado.

Incluso en medio del dolor, Dios puede enseñarnos, transformarnos y hacer algo bueno con aquello que nosotros hicimos mal. Quizá no podamos cambiar lo que ocurrió. Pero sí podemos aprender de ello.

Podemos volvernos más sabios. Podemos ayudar a otros.

Y, sobre todo, podemos permitir que Dios transforme una parte dolorosa de nuestra historia en un testimonio de su gracia.

 

Esta es mi historia.

No puedo volver atrás y cambiar las decisiones que tomé. Pero sí puedo mirar hacia atrás y reconocer que Dios estuvo ahí incluso cuando yo no lo estaba buscando.

No tienes que esconderte de Dios. Puedes acercarte a Él tal como estás. Con tus errores, con tus preguntas, con tu vergüenza y con aquello que nadie más conoce.

Porque yo pensé que mi pecado era demasiado grande para que Dios pudiera perdonarme.Y descubrí que su gracia era mucho más grande.

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