En más de una ocasión me he detenido a pensar y preguntarme:
“¿Cómo es posible que Dios siga amándome?” O incluso, decir: “Padre… ¿todavía me amas?” ¿Te resultan familiares estas palabras?
En este blog quiero invitarte a reflexionar juntos sobre el amor de Dios: qué clase de amor nos ofrece el Padre, cómo lo manifiesta y, sobre todo, qué respuesta espera de nosotros. Para ello, nos centraremos en el pasaje de Juan 14:23, que nos revela una verdad profunda sobre la relación entre el amor y la obediencia.
¿Qué es ágape?
En griego existe una palabra muy especial que describe el amor que el Padre tiene por nosotros: agápē (ἀγάπη). Este término expresa un amor supremo, comprometido y sacrificial.
A diferencia de otras palabras griegas para “amor” —como phíleō (amistad afectuosa), storgē (afecto familiar) o érōs (amor romántico)—, ágape no se limita a emociones pasajeras ni a vínculos meramente humanos. Describe un amor que va más allá de los sentimientos momentáneos: una decisión consciente, voluntaria y constante de buscar el bien del otro, aun cuando implique sacrificio personal.
Es especialmente significativo que en los textos bíblicos originales se utilice esta palabra para describir el amor que Dios siente por nosotros. La Biblia revela que ágape es un amor activo, cercano y lleno de intención; no se queda en palabras, sino que se expresa mediante acciones concretas. La demostración más sublime de este amor fue el sacrificio de Su Hijo unigénito para nuestra salvación.
En el Antiguo Testamento, este tipo de amor se vislumbra en la fidelidad de Abraham, dispuesto a ofrecer a su hijo Isaac por obediencia a Dios (Génesis 22), y en el llamado de Israel a amar al Señor con todo su corazón, alma y fuerzas (Deuteronomio 6:5).
En el Nuevo Testamento, agápē alcanza su plenitud en Jesucristo, quien entregó su vida por nosotros, encarnando el amor divino en su máxima expresión.
“En esto consiste el amor: no en que nosotros hayamos amado a Dios, sino en que él nos amó a nosotros y envió a su Hijo como propiciación por nuestros pecados” (1 Juan 4:10).
Ahora entendemos cómo nos ama Dios: no son simples palabras, sino palabras vivas que nos renuevan. Es un amor que podemos ver reflejado en cada área de nuestra vida. Tomemos un momento para recordar todo lo bueno que Dios ha hecho por nosotros y cómo nos ha sostenido en medio de las pruebas.
Su amor no se limita a declaraciones; se manifiesta en incontables acciones a nuestro favor. Y ante este amor tan grande, surge la pregunta: ¿qué debemos hacer? Jesús dijo…:
El que me ama, mi palabra guardará; y mi Padre le amará, y vendremos a él, y haremos morada con él. (Juan14:23)
Análisis lengua original (Griego) Juan 14:23:
El que me ama (ἀγαπᾷ – agapáō), quiere decir: con amor sacrificial.
Guardará mi palabra (τηρήσει – tēréō), es decir: la obedecerá con cuidado, la atesorará y la vigilará con esmero.
Y mi Padre lo amará (ἀγαπήσει – agapēsei), significa: le mostrará Su amor de manera activa y continua.
Y a él vendremos (ἐλευσόμεθα – eleusómetha), quiere decir: nos acercaremos a su vida con propósito y relación íntima.
Y haremos morada con él (μονὴν – monḗn), significa: una habitación permanente, estable, no pasajera, señal de comunión duradera.
El QUE ME AMA
Como vimos al inicio, en esta parte también se usa la palabra agapē —un amor sacrificial y genuino—. Entonces, si nosotros amamos a Dios, nuestro amor debe ser igual al amor que Dios tiene hacia nosotros; no solo expresado con palabras, sino demostrado con acciones.
¿Pero qué implica esto realmente? La respuesta la encontramos en la siguiente parte del versículo: Guardará mi palabra.
GUARDARÁ MI PALABRA
Una de las partes más bellas y retadoras es guardar la palabra de Dios, que en griego es τηρήσει (tēréō): guardar, atesorar, obedecer con cuidado.
No se trata solo de recordar pasivamente, sino de obedecer con atención, proteger, cuidar y cumplir con esmero las palabras de Jesús. Así como el pueblo de Israel debía guardar la Ley (Salmo 119:11), el discípulo guarda la enseñanza del Maestro como un tesoro.
Salmo 119:11
«En mi corazón he guardado tus dichos, para no pecar contra ti.»
No es solo obedecer, sino hacerlo con cuidado y atención, atesorar la palabra de Dios en nuestro ser, guardarla y, sobre todo, ponerla en acción.
Además, como dice Santiago 1:22 , debemos ser hacedores activos, no solo oyentes pasivos:
«No se contenten solo con escuchar la palabra, pues así se engañan ustedes mismos. Llévenla a la práctica.» Santiago 1:22
¿Cuánto tiempo hemos pasado sentados en la banca de nuestras iglesias o, peor aún, en nuestras casas, solo escuchando? Muchas veces solo oímos la palabra y quizá un día la ponemos en práctica, pero luego se nos olvida porque no la escuchamos con atención ni la atesoramos. En el Antiguo Testamento, los judíos guardaban la palabra de Dios en los costados de sus puertas, como un recordatorio constante Deuteronomio 6:4-9
Pero hermanos, es tiempo de sacar nuestra espada espiritual. Somos guerreros de Dios.
Si no atesoramos su palabra, ¿cómo podremos pelear para Él? ¿Qué usaremos si no tenemos la palabra de Dios en mente y corazón? ¿Cómo venceremos al enemigo que muchas veces somos nosotros mismos?
No me refiero a pelear por saber cuál es la verdadera iglesia o qué religión es la mejor. Dios no necesita que peleemos eso. Esa no es nuestra batalla, porque no luchamos contra sangre ni carne, sino contra las fuerzas espirituales de maldad (Efesios 6:12).
μονὴν (monḗn) – morada permanente
Aquí no se habla de una visita temporal, sino de una habitación permanente, relación íntima, cercana y estable. Una imagen poderosa del nuevo pacto donde Dios no habita en templos hechos por manos humanas, sino en el corazón de quienes le aman y obedecen:
Hechos 7:48
«El Dios de los cielos se glorificará, como dijo el profeta: ‘No habita Dios en templos hechos por manos humanas.'»
1 Corintios 6:19
«¿O no sabéis que vuestro cuerpo es templo del Espíritu Santo, que está en vosotros, el cual tenéis de Dios?»
¿Como guardamos la palabra de Dios?
Como hemos hablado, la palabra de Dios es nuestra espada, y somos llamados a ser hacedores, no solo oidores de ella. En la vida, esto puede ser complicado y muchas veces no entendemos cómo funciona o en qué situaciones específicas debemos aplicarla. Por eso Dios no nos deja solos. Su amor es tan grande que nos dejó a su Espíritu, nuestro Defensor: el Espíritu Santo.
Juan 14:26
«Pero el Consolador, el Espíritu Santo, que el Padre enviará en mi nombre, él os enseñará todas las cosas y os recordará todo lo que os he dicho.»
El Santo Espíritu, quien nos guía y fortalece en momentos cotidianos. No solo cuando enfrentamos grandes crisis o accidentes, sino también en las pequeñas batallas diarias: cuando nuestros pensamientos nos engañan, cuando tendemos a juzgar a alguien sin conocer su verdad, o cuando surgen dudas y miedos.
En medio de las circunstancias difíciles, es el Espíritu Santo quien nos recuerda la Palabra de Dios. Son esos versículos que hemos aprendido y que, en el momento preciso, resuenan en nuestra mente como una voz que nos guía. Esa voz es la de Dios mismo, hablándonos por medio de su Espíritu. Él nos enseña, nos fortalece y nos recuerda que no estamos solos. Cada día, con su ayuda, podemos ser más fuertes para luchar contra nuestras propias debilidades y contra las potestades espirituales que buscan desviarnos del camino correcto.
Por eso, con la ayuda del Espíritu, podemos vivir en victoria, firmes en fe y obediencia.
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